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jueves, 15 de mayo de 2014

EL BOSQUE DE LOS COLORES.



Me miraba insistentemente frente al espejo, seguía azul, pero no, no era un azul claro, era muy obscuro, tan obscuro que me lograba deprimir. A veces pensaba que dibujarme unos peces danzantes y vistosos me harían revivir, siempre y cuando nadasen en mi piel. Han tocado el timbre y me he movido para abrir la puerta.
Estaba esta niña, era pequeña, de cabello corto, ojos llenos de un fulgor de esperanza y curiosidad. Estaba ahí, tirada, con aquella característica tan peculiar suya, esa piel blanca, completamente blanca. En nuestra raza, a su edad, nuestra piel tomaba una tonalidad, dependiendo de tus constantes pensamientos y estado anímico. Ella me recordaba a alguien de mi pasado, pero era en este momento algo difuso.
Pasaron 3 otoños, su piel seguía tan resplandecientemente blanca como la luz de una estrella a la lejanía, y mientras yo convivía más con ella me daba cuenta de que aquel recuerdo se hacía más nítido. Un día ella salió a caminar al bosque, ahí era donde se encontraba mi cabaña. No regresó después de aquello, pero algo en mi había cambiado. De vez en cuando me parecía ver su sombra o su pequeño cuerpo rodando en la alfombra de mi sala mientras me leía un cuento o escuchar su voz. Cada que me embargaban esos momentos de su fantasmal presencia una sonrisa emergía en mi rostro.
Cuando llegó la primavera, por fin me cansé de sentir dolor ante la desaparición de aquella pequeña y decidí caminar al bosque en la misma dirección que ella. No la encontré, nunca más la volvería a ver. Aquella noche me fui a la cama decepcionada, sin embargo, la tristeza había desalojado mi casa y mi corazón. Me introduje en la cama y  sintiendo unos brazos acogiéndome, me dormí.

El sol me deslumbró, casi sentí que calcinaba mis ojos. Había tenido el sueño más extraño, volaba y era tan liviana como una hoja, de pronto me convertía en el viento y recorría el mundo en busca de nuevas experiencias.  Jamás había sentido un cuerpo tan vivo, ni visto el mundo tan nítido y colorido. Así como la niña abandonó la habitación de la melancolía en mi corazón, mi alma parecía haber revivido.
 Aquella mañana ese recuerdo extraviado había encontrado la dirección de mi cabaña y tomado forma humana. Me sobresalté y fui con urgencia al espejo. Me pareció ver unos peces Koi, brillantes y preciosos, danzar en mi piel, entonces caí en cuenta de algo… me parecía tanto una estrella.




 

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