Me miraba insistentemente frente al espejo, seguía azul,
pero no, no era un azul claro, era muy obscuro, tan obscuro que me lograba
deprimir. A veces pensaba que dibujarme unos peces danzantes y vistosos me
harían revivir, siempre y cuando nadasen en mi piel. Han tocado el timbre y me he movido para abrir la
puerta.
Estaba esta niña, era pequeña, de cabello corto, ojos llenos
de un fulgor de esperanza y curiosidad. Estaba ahí, tirada, con aquella
característica tan peculiar suya, esa piel blanca, completamente blanca. En
nuestra raza, a su edad, nuestra piel tomaba una tonalidad, dependiendo de tus
constantes pensamientos y estado anímico. Ella me recordaba a alguien de mi
pasado, pero era en este momento algo difuso.
Pasaron 3 otoños, su piel seguía tan resplandecientemente
blanca como la luz de una estrella a la lejanía, y mientras yo convivía más con
ella me daba cuenta de que aquel recuerdo se hacía más nítido. Un día ella
salió a caminar al bosque, ahí era donde se encontraba mi cabaña. No regresó
después de aquello, pero algo en mi había cambiado. De vez en cuando me parecía
ver su sombra o su pequeño cuerpo rodando en la alfombra de mi sala mientras me
leía un cuento o escuchar su voz. Cada que me embargaban esos momentos de su
fantasmal presencia una sonrisa emergía en mi rostro.
Cuando llegó la primavera, por fin me cansé de sentir dolor
ante la desaparición de aquella pequeña y decidí caminar al bosque en la misma
dirección que ella. No la encontré, nunca más la volvería a ver. Aquella noche
me fui a la cama decepcionada, sin embargo, la tristeza había desalojado mi
casa y mi corazón. Me introduje en la cama y sintiendo unos brazos acogiéndome, me dormí.
El sol me deslumbró, casi sentí que calcinaba mis ojos.
Había tenido el sueño más extraño, volaba y era tan liviana como una hoja, de
pronto me convertía en el viento y recorría el mundo en busca de nuevas
experiencias. Jamás había sentido un
cuerpo tan vivo, ni visto el mundo tan nítido y colorido. Así como la niña
abandonó la habitación de la melancolía en mi corazón, mi alma parecía haber
revivido.
Aquella mañana ese
recuerdo extraviado había encontrado la dirección de mi cabaña y tomado forma
humana. Me sobresalté y fui con urgencia al espejo. Me pareció ver unos peces
Koi, brillantes y preciosos, danzar en mi piel, entonces caí en cuenta de algo… me parecía tanto una
estrella.

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