Fue curiosa la forma de verlo de nuevo. No fue ninguna entrada
triunfante como la de un super héroe, no; tampoco fue algo con pompa y
fiesta, sólo se aproximó. Así es la vida real, no hay música de fondo ni
cámara lenta, sólo llegan las personas y ya. Pasamos un corto pero
agradable tiempo juntos.
Los recuerdos que parecían perdidos
escupieron el polvo y ese velo que se acumulaba en mis pensamientos
recobró vida, era más que nada como, si de pronto, después de tanto
tiempo, su silueta se desdibujara misteriosamente de esos momentos
felices.
Por los pocos minutos que transcurrieron suaves junto a
la pantalla, mientras estábamos sentados en el sillón, volví a
acostumbrarme a su voz y a su forma de ser, reconocí en él a la persona
que sentía más alejada de mi, entonces, sonreí para mis adentros, por
ese sentimiento de calidez que causa cuando te reencuentras con alguien
querido. Fue como un abrazo silencioso, y con unas cuantas miradas me
sentí de vuelta a los tiempos buenos, los de risas, distracciones,
juegos, pláticas, debates y comentarios nocturnos, de esos tiempos
especiales.
Tristemente, llegó el final y nos despedimos, con un
abrazo y una sonrisa terminó. ¡Ah!, fue como ver al Sol ocultarse detrás
del mar cuando esperas en la playa al anochecer. Sentí la nostalgia de
inmediato, de esa persona, más que por la partida.
Tan
dramático suena, y la verdad es que yo desconozco la naturaleza del
sentimiento que brota de las letras, porque, al describir estas
situaciones, me gusta tanto adornarlas que incluso el sentimiento se
desborda, sólo puedo decir de mi cómplice una cosa: le(te) tengo
un profundo cariño.
P.D.: Si tuviese una foto de aquel día, sería tan seriamente capaz de subirla, que lástima, yo casi nunca tomo fotos.


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